Proletarización de la ciencia

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PROLETARIZACIÓN DE LA CIENCIA
La Inteligencia Artificial contrata filósofos

Por Gabriel Torres Salazar
Titulares de prensa como este me han hecho recordar procesos de proletarización de la ciencia; o, mejor dicho, proletarización de cerebros humanos. Por un salario mayor los conglomerados capturan a mentes brillantes. El científico, de por sí independiente en sus investigaciones, se transforma en un individuo a sueldo, produciendo ya no píldoras para una farmacéutica, sino IA sin control. Y, ahora, es el turno de los filósofos. __________________________________________________________Durante siglos nos vendieron la idea del científico como ese ser despeinado que, sumido en la penuria académica y alimentado a base de café tibio, tenía un momento ¡bingo! a medianoche. La sociología de la ciencia solía llamar a esto «autonomía del investigador». Hoy, Marx nos miraría con una sonrisa de «se los dije» para explicarnos el englobamiento real del trabajo: esa forma de decir que, cuando un monopolio compra tus herramientas de trabajo —en este caso, supercomputadoras que cuestan más que el PIB de un país pequeño—, también pasa a ser dueño de tus ideas.
La paradoja es casi cómica. Un doctor en Física Cuántica o una experta en Epistemología —y, ahora, los filósofos— pasan años defendiendo tesis ante tribunales académicos severísimos para terminar trabajando en un cubículo de Silicon Valley u otro recóndito lugar del planeta. Ya no investigan por amor al arte ni por el bien de la humanidad; investigan porque la empresa paga la hipoteca y le deja a mano deliciosas golosinas en su taller. La «torre de marfil» académica no se derrumbó: simplemente la refundó una big tech para producir inteligencia artificial.

Los datos no mienten. Esta migración de cerebros no es una sospecha de café, sino un hecho documentado que da cuenta de cómo la academia se está quedando sin profesores:
• Según informes del National Bureau of Economic Research (NBER), hace dos décadas solo un 20% de los nuevos doctorados en Inteligencia Artificial terminaba en la industria privada. Hoy la cifra supera el 65%. Las universidades se están quedando solas, sirviendo café en tazas con el logo del departamento de investigación mientras las corporaciones se llevan a los graduados a base de salarios de seis cifras.
• Un informe de la Universidad de Stanford (AI Index) lo deja claro: los modelos de lenguaje más potentes ya no salen del laboratorio de una facultad, sino de servidores privados. Si un académico quiere entrenar un modelo serio hoy en día, tiene que pedirle permiso (y credenciales de acceso) a una multinacional.
• El fichaje estrella de lingüistas y filósofos no es para resolver el sentido de la vida. Se les contrata para “algo más útil”: entrenar al algoritmo a no decir barbaridades en internet. Básicamente, les pagan para ser los tutores de modales de un software avanzado.
• Hace dos décadas le oí decir a un profesor que estábamos a salvo: existían más científicos en la tierra que en toda la historia, alrededor de cinco millones de cerebros privilegiados. ¿Seguiremos a salvo si ahora se vende el conocimiento al mejor postor?
En el siglo XX, la queja habitual de la comunidad científica era la industria farmacéutica: mentes brillantes dedicadas a diseñar la quinta versión de un antiácido en lugar de buscar la cura definitiva a grandes males, solo porque el antiácido deja un margen de ganancia recurrente. Y sigue ocurriendo, en este y otros frentes.
La era del algoritmo ha elevado este dilema a una escala insólita. Hoy, el científico a sueldo no diseña fármacos; entrena al sistema que eventualmente optimizará su propio puesto de trabajo. Hay una ironía refinada en dedicar diez años de estudio superior a calibrar una herramienta para que aprenda a redactar, analizar y programar por ti, mientras en la junta directiva brindan por la «eficiencia operativa».
La ciencia no está muriendo a manos de una rebelión de las máquinas al estilo de las películas de ciencia ficción. La historia es mucho más cotidiana y humana: simplemente la ciencia y los científicos están siendo absorbidos por el mercado laboral como mano de obra útil, bien remunerada.
Cuando el último filósofo contratado termine de enseñarle al algoritmo a responder con amabilidad y el último físico asalariado ajuste los parámetros para que la aplicación te sugiera compras más rápidas, la ciencia no habrá perdido su rigor, pero sí su libertad. Nos quedaríamos con modelos extremadamente inteligentes y muy educados, diseñados por las mentes más brillantes de nuestra generación: científicos proletarizados. Mientras, en sus contratos laborales, con cláusulas de confidencialidad, se les remunera por no hacer demasiadas preguntas o, esas de orden ético, que incomodan al poder y la rentabilidad corporativa.