De la IA a la Inteligencia Ecuménica

INTELIGENCIA ECUMENICA
Ambiente de deliberación universal sobre IA
Por Gabriel Torres Salazar
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La Inteligencia Artificial y sus productos han generado un debate internacional sobre sus impactos en la sociedad. Siembra ilusiones y miedos. ¿Será hora de pasar a una Inteligencia Ecuménica que gobierne y controle los desarrollos?
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¿Dónde vas tecnología?, es una antigua pregunta de la humanidad: ¿Quo vadis tecnic?
Desde que la interrogante tomó fuerzas con los cambios de la Revolución Industrial, ha servido para reflexionar, sino mediar, entre los beneficios y los perjuicios ocasionados por avances tecnológicos. Sobre el bien causado, todos lo sabemos. Entre sus “pecados”, quizás los peores, están el mal uso y la propiedad que algunos se atribuyen.
Ahora, se suma otra pregunta, no menos acuciante: ¿dónde vas inteligencia artificial?
Pocas tecnologías han provocado una conversación tan transversal, capaz de reunir a tantos, como la que se da con la IA. Hace ya tiempo que esta tecnología de doble filo, cruzó el umbral de nuestras casas. Irrumpió, con o sin permiso en nuestros hogares y en el quehacer público, incluidos negocios, empresas y estados. ¿Cómo no atender a su impacto global en la sociedad?
¿Tiene beneficios? sin duda. ¿También perjuicios? claramente.
La inteligencia artificial ha generado un fenómeno casi inédito: un debate moral —que va más allá de lo puramente científico/técnico— y que reúne a gobiernos, científicos, empresarios, filósofos y líderes religiosos. A esta conversación universal podríamos llamarla “Inteligencia Ecuménica”. Lo novedoso es la idea de que la IA ha propiciado un ambiente de deliberación ética mundial que trasciende disciplinas, culturas y religiones.
La IA y sus productos, como pocos inventos, son de esos de valor mundial que una vez creados ya no es posible dar marcha atrás. Basta recordar la internet y sus impactos en la sociedad. Primero, grandes temores de la población; y después, la comprobación de extraordinarios progresos. En medio, campea cierta incertidumbre.
Estamos en tiempo de entusiasmo y nerviosismo internacional por la IA —período de transición hacia lo desconocido, para muchos—. Personas en oriente y occidente, se refieren a sus efectos positivos y negativos, actuales y potenciales; a la vez que desarrolladores poderosos siguen en sus progresos, captando datos de la población y lanzando productos de consumo masivo al mercado. Lo preocupante viene, precisamente, de desarrollos desmedidos, desempleo y tibias regulaciones, así como pérdida de privacidad.
En muchas ocasiones obnubilados por acciones de marketing —personas, empresas, países— creemos estar adquirieron conocimientos tecnológicos avanzados. Cuando, en realidad, estamos consumiendo productos y servicios tecnológicos, sin saber que gratuitamente entregamos datos personales. Y, no pocas veces, son artículos de corta vida útil, que elevan montañas de desechos no degradables en “zonas de sacrificio”, como sucede con baterías, plásticos o rumas de ropas usadas, acumuladas en zonas desérticas del planeta o que flotan en los océanos.
En este contexto se inserta la reciente encíclica Magnifica Humanitas. El Papa intervino desde el Vaticano. Luego, más personas se suman al debate. Hay una conversación universal. La IA no ha fundado una nueva inteligencia, sino la creación de un marco de deliberación internacional, que bien podemos denominar inteligencia ecuménica.
Esta inteligencia tendría capacidad para convocar a una deliberación científico/técnica, también moral, sobre IA y otras innovaciones tecnológicas que transcienden culturas, credos y disciplinas. Ante esta realidad, la hipótesis sobre inteligencia, al modo de la humana, supondría capacidades prácticas para resolver problemas y adaptarse a nuevas situaciones que los hombres, no la máquina, decidan. En tanto que lo ecuménico sería lo convocante, con una gobernanza global de contrapeso a desarrolladores y difusores sin control. En definitiva, liberar la IA de nichos de poder, puramente técnicos y financieros (p.e. Silicon Valle, Wall Street, centros de Pekín o Shanghái), como de laboratorios industriales monopólicos.
El mundo informado y personas comunes, saben que los desarrolladores de estas supra tecnologías son conglomerados con poder y patrimonio que supera el de muchos estados, que destinan recursos superiores a los de exploración del espacio, que reclutan a los cerebros más lúcidos del planeta, que los procesos digitales con IA tienen en crisis la disponibilidad de energía de ciudades y que sus decisiones afectan al mundo entero con mínima injerencia gubernativa de las naciones. ¿Cómo no inquietarse?
La ciudadanía del planeta no desconoce que el fenómeno societario de estos grupos, es similar en países de capitalismo privado como de capitalismo de estado. Y que, de manera soterrada, sino abierta, los súper estados respaldan a los consorcios tecnológicos de IA. Lo demuestran sus disputas por el control de la minería de “tierras raras”, de donde extraen materias primas —incluso con guerras transcontinentales—, sin las cuales no es posible la fabricación ni el funcionamiento de aparatos “inteligentes” de consumo y uso universal.
Sabemos, también, que las tecnologías han creado, como en el pasado, un lenguaje propio para su comprensión y uso. El de la IA es el lenguaje binario de máquinas y programas digitales. No tiene entredichos. Más bien, sigue evolucionando con algoritmos de autoaprendizaje, redes “neuronales” y demás. Solo nace una expresión que, como en todo lo sistémico, da unicidad a una idea de muchísimas aristas y obliga: la noción de inteligencia ecuménica.
El Papa León, explicando la diferencia sustantiva de la IA con lo humano, afirma que “las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría ni el dolor…” Y, sobre responsabilidad de la llamada IA dice que “no es neutra porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza…”; y esto es una cuestión ética, un asunto humano, que debe cuidar la sociedad. La Encíclica no desconoce las ayudas de estas herramientas en el desarrollo y bienestar material de la humanidad, antes bien, las destaca positivamente.
Así, los gobiernos hablan de IA, las universidades, las empresas, los científicos, educadores, familias y religiones hablan de IA. Pasó a ser un asunto ecuménico de consideración mundial. En lo local, el Arzobispo de Santiago elaboró y difundió —para su feligresía y todo lector— un decálogo sobre el documento papal, cuyo objetivo es “proteger la dignidad humana frente a la inteligencia artificial, priorizando siempre a la persona por sobre el desarrollo tecnológico y la pura eficiencia”.
Que el Vaticano tome y declare posición en temas sociales y éticos, diferentes a materias religiosas —y se conviertan en actos ecuménicos—, no es extraño. La IA, su desarrollo, utilización y propiedad son materias de impacto en todas las culturas y, por consiguiente, de debate universal. En lo social, el rol de la Iglesia Católica no es reciente. Ahí están las encíclicas papales Rerum Novarum y Laborem Exercens. Ambas en respuestas a los desafíos de la Revolución Industrial, denunciando el “capitalismo feroz”, como reivindicando la “dignidad del trabajo humano”, hace más de un siglo (1891).
Quizás la antigua pregunta ¿Dónde vas, tecnología?, ya no tenga una respuesta suficiente.
Hoy debemos preguntarnos también ¿Hacia dónde queremos ir nosotros con la tecnología?
Lo que denominamos inteligencia artificial puede ampliar nuestras capacidades, pero no reemplazar nuestra conciencia, nuestra responsabilidad ni nuestra experiencia humana. Si el debate está en los gobiernos, las universidades, las empresas y también en las religiones, es porque dejó de ser una cuestión técnica y de negocios para convertirse en una decisión de civilización. Ese es, en definitiva, el sentido de una inteligencia verdaderamente ecuménica.
GTS/junio2026