La IA no está en la universidad

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Las aulas universitarias solían ser la cuna de las grandes revoluciones de la humanidad; el lugar sagrado donde la gente con tiza en los dedos y codos desgastados cambiaba el rumbo de la ciencia. Pero con el auge de la inteligencia artificial (IA), el eje del universo tecnológico dio un giro dramático.

Seamos honestos: la revolución más grande de nuestra era no está ocurriendo en la facultad de ingeniería ni en un centro de alumnos; está pasando en laboratorios corporativos gigantescos que consumen más energía que una ciudad mediana.

Para crear aplicaciones como ChatGPT, Gemini o DeepSeek, la buena voluntad y una tesis doctoral no bastan. Hoy, la frontera de la IA se resume en infraestructura colosal y montañas de dinero. Además, claro está, de cerebros asalariados.

Entrenar un modelo de frontera requiere miles de procesadores especializados echando humo en paralelo durante meses. Cuesta miles de millones de dólares. Por más prestigiosa que sea una universidad, no hay presupuesto estatal que compita con la billetera sin fondo de las big tech. Mientras el departamento de computación de una facultad trata de conseguir dinero para renovar las computadoras de 2018, en Silicon Valley compran procesadores como si fueran super ocho.

Esta desconexión entre la universidad y la verdadera disrupción de la IA no califica de novedad. De hecho, abandonar el campus parece ser el prerrequisito no escrito de Silicon Valley:
• Bill Gates miró sus notas en Harvard, dijo «gracias, pero no» y creó Microsoft.
• Steve Jobs dejó la universidad a las pocas semanas para irse a un garaje a construir Apple.
• Mark Zuckerberg abandonó la carrera porque tenía una red social que programar.

Esto que sucede en Estados Unidos también ocurre en centros tecnológicos de Asia. Solo vea el aumento exponencial de la electrificación automotriz en China. La historia nos ha demostrado que cuando la supratecnología avanza en quinta velocidad, la burocracia académica suele quedarse atascada en segunda. Luz y sombra transitando siempre juntas.
En lugares como el nuestro, la situación es todavía más evidente. Tenemos académicos brillantes y mentes capacitadas que se ganan todas las becas posibles, pero la cruda realidad es que la infraestructura de frontera está a miles de kilómetros. Cuando un talento local quiere entrenar un modelo realmente gigante, tiene dos opciones: pedirle un milagro al presupuesto público o tocarle la puerta a los conglomerados internacionales que son dueños de los servidores y entregarse.

Que la tecnología más potente de la historia esté en manos de unas pocas empresas privadas no es solo un tema de negocios, es casi el argumento de una película de ciencia ficción. Veamos:
• A diferencia de la ciencia tradicional, donde todo se comparte para revisión por pares, el algoritmo privado es un misterio guardado bajo siete llaves corporativas.
• Un puñado de ejecutivos decide qué sesgos se corrigen, qué responde la IA y qué se censura.
• La preocupación ha llegado a tal punto que el Papa advirtió en su reciente encíclica Magnifica Humanitas sobre el peligro de concentrar un poder tan descomunal en élites privadas, señalando que la tecnología jamás es neutral y que quien controla la IA intenta imponer su propia visión moral sobre el resto.
• Si la prioridad es complacer a los accionistas el próximo trimestre, la ética y la seguridad a largo plazo suelen quedar relegada a la página tres del informe.

¿Significa esto que la universidad pasó a mejor vida? ¡No! Pero le toca cambiar de trabajo. Como no tiene la plata para construir los supercomputadores del futuro, su labor ahora es ser agente crítico y voz de la razón. Aunque para muchos optimistas la ciencia pura seguirá siendo su fuerte, a pesar de que la ciencia aplicada huya de sus aulas.

Tanto la universidad como las naciones debieran ser el árbitro que mire a las corporaciones a los ojos y diga: «Oigan, esto no es transparente» o «¿Pensaron en el impacto ético de esto?».

La IA ya no nace en una pizarra ni en una sala de clases. Nace y se cría en centros de datos multimillonarios. Y si no queremos que cuatro o cinco multinacionales sean dueñas de nuestro futuro, necesitamos a la academia más despierta, ética y ácida que nunca. En su rol: formando personas y transmitiendo conocimiento a nuevas generaciones, sin dejar de crearlo.