Mi visión de Al-Qarawiyyin

«Hoy conoceremos la universidad más antigua de la humanidad».
Fue el anuncio en perfecto castellano de la guía de turismo musulmana al comenzar el recorrido por la ciudad de Fez, en Marruecos. Eran las seis de la mañana de un día de septiembre que aún no aclaraba.
Había madrugado para recorrer la ciudad y disfrutar, junto a otros inquietos viajeros, del frescor de la mañana y de paso evitar el tránsito, el bullicio y el agobiante calor de una ciudad africana que combina historia y actualidad como si hubiera sido fundada con ese único fin: testimoniar el progreso del hombre.
Cruzamos el Estrecho de Gibraltar desde el puerto de Tarifa, en el sur de España, una semana antes. Habíamos desembarcado en Tánger y avanzamos de ciudad en ciudad por impecables carreteras marroquíes, en medio del contraste de verdes valles y pueblos de costa, montaña y desierto. Sentimos el pulso de las comunidades y sus habitantes hasta llegar a Fez ese caluroso día.
La ciudad de Fez data de fines del siglo VIII d.C. (año 789). Se dice que fue fundada por un descendiente del profeta Mahoma de la dinastía idrisí. Bordea el Sahara Septentrional, territorio de beduinos, bereberes y pueblos nómadas de la antigüedad. Es la capital espiritual y cultural de Marruecos, famosa por albergar la mayor zona peatonal del mundo en su casco medieval, con más de nueve mil callejuelas, túneles y pasajes. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1981.
«Miren, ¿ven los techos verdes en el centro de la medina (nombre de ciudad amurallada), allí a la distancia?» —nos indicaba la guía, parados sobre una colina. «Allí está la Universidad de Al-Qarawiyyin».
Estaba a pocas cuadras de nosotros, pero a casi 1.200 años de su fundación.
Despuntaba el día y el sol alumbraba la milenaria ciudad marroquí. La túnica jaspeada y el pañuelo marrón con que la joven traductora cubría su cabeza y cuello nos recordaban que no era fantasía ni sueño en África.
Estábamos observando con emoción el mundo medieval desde el presente.
Así como el viento de la mañana hacía ondear el hiyab de la guía y de paseantes matutinas, así volaba mi imaginación y mis pensamientos.
Luego, al ingresar a la gran ciudad y traspasar las enormes murallas de piedra, adobe y paja que rodean la medina, fuimos descubriendo sus angostas callejuelas y enrevesados pasajes. Son verdaderas bóvedas de túneles que protegían a los antiguos habitantes de las invasiones y que aún resguardan, por igual, a lugareños y turistas del intenso calor de verano y de los gélidos días y noches de invierno.
En uno de esos pasadizos de agitado comercio y regateo, con viviendas de pequeñas puertas repujadas —que poco o nada hacen presagiar desde el exterior la hermosa arquitectura islámica interna, sus diseños arabescos y las fuentes de agua de sus patios—, se encuentra el acceso a la institución de educación superior más antigua del mundo en funcionamiento, estatus reconocido por la UNESCO.
La vi, la admiré y toqué su tallada puerta arabesca.
Fue fundada en el año 859 d.C. por dos mujeres musulmanas, siendo la más nombrada Fátima Al-Fihri, acaudalada joven, heredera de una gran fortuna familiar. Comenzó siendo una mezquita para estudiar el Corán hasta convertirse en la universidad que conocemos hoy.
Está adscrita desde 1963 al sistema estatal de educación del Reino de Marruecos. Si bien no figura en los rankings académicos internacionales, su mérito indiscutido radica en ser la primera universidad de la humanidad, avalada por la UNESCO, y reconocimiento global popularizado por el libro Guinness de los Récords.
Con sus altos y bajos en la historia, por sus aulas han pasado figuras célebres. Entre ellos, Ibn Jaldún, historiador, filósofo y considerado el padre de la sociología; Maimónides, el filósofo, rabino y médico judío de la Edad Media; Averroes, el filósofo y médico que estudió y tradujo a Aristóteles; y el Papa Silvestre II, quien estudió allí e introdujo los números arábigos y el cero en Europa. Todo lo cual, junto a otros progresos y tragedias de la humanidad en esos siglos, en esa y otras latitudes, contrasta con la pasividad o la oscuridad con la que suelen transmitirse los sucesos de la Edad Media en nuestro hemisferio.
Los requisitos actuales de ingreso pasan por tener un diploma de educación secundaria, dominio del idioma árabe clásico, conocimiento de gramática y jurisprudencia islámica, así como memorizar el Corán en su totalidad. En realidad, es una universidad para el mundo musulmán. Desde 1940 se admite formalmente el ingreso de mujeres. «Es una universidad pluralista, como todo el país», afirmó con propiedad la guía.
La institución se concentra en carreras sobre estudios islámicos, lengua árabe, filosofía, historia y educación. Tiene alrededor de ocho mil estudiantes (incluidos extranjeros) y más de mil profesores e investigadores que combinan métodos tradicionales y modernos.
Al finalizar el día, exhausto pero lleno de emociones y sabiendo algo más de la inigualable Universidad Al-Qarawiyyin, agradecí a la informada guía su esmerada atención. Había estado, al fin, en las puertas de la casa de estudios más antigua de la humanidad.