Tenemos un problema: el desempleo ilustrado

Por: Gabriel Torres Salazar
Nº 403 -
octubre - 2025
Tenemos un problema. Fue lo que le dijeron los astronautas a los controladores en Houston, cuando explosionó un tanque de oxígeno de la Nave Apolo 13 en la que viajaban a la Luna en abril de 1970.

Tenemos un problema con el desempleo general y, más aún, con el desempleo ilustrado.

No se trata de cualquier desempleo; hablamos de personas con estudios superiores, formadas en una profesión o disciplina, pero sin trabajo. Según cifras recientes, la cesantía en este grupo alcanza 7,9%. Son talentos capacitados, hoy ociosos y desperdiciados ¿Será posible?

Tenemos un problema. Fue lo que le dijeron los astronautas a los controladores en Houston, cuando explosionó un tanque de oxígeno de la Nave Apolo 13 en la que viajaban a la Luna en abril de 1970. No llegaron a la Luna, pero lo bueno fue que todos sobrevivieron y regresaron a la tierra, gracias a la preparación y capacidad de la tripulación para resolver lo inesperado ¡Una gran, gran lección!

En dimensión nacional, sin viajes espaciales de por medio, enfrentamos un problema que exige pericia y responsabilidad: ¿cómo resolvemos el desempleo ilustrado? Este tipo de situaciones es posible de prever. Las evaluaciones de impacto de todo programa —más allá del logro de objetivos—, permiten anticipar consecuencias no deseadas y corregir rumbos. Pero no, estamos frente a hechos consumados. Sin duda, tenemos dificultades.

Según un estudio de la Universidad Diego Portales (UDP 2025), en el trimestre abril/junio de este año, la cesantía ilustrada llegó a 7,9 %, mientras que el Instituto Nacional de Estadísticas (INE 2025) informó una tasa general de desempleo de 8,9 %, para igual período.  ¡Juzgue usted!

Los argumentos explicativos para algunos, o justificativos para otros, de esta mala situación de ocupación laboral, para personas con estudios superiores, son múltiples. A nivel macroeconómico, se culpa al bajo crecimiento —alrededor de 2%, cuando el país requiere crecer el doble, como poco—. Se suman, la complejidad del mercado laboral, los efectos rezagados de la pandemia del Covid y los costos adicionales para los empleadores, como el aumento en el sueldo mínimo, nuevas cotizaciones previsionales y la reducción de la jornada laboral, aun cuando son de aplicación gradual.

Pero, el problema es estructural no coyuntural.

Un dato de origen viene del ingreso desmedido de jóvenes en centros de educación superior, en lo que va corrido del siglo. Son alrededor de 1,4 millones de estudiantes en aulas, para una población de poco más de 18 millones. La tasa de países desarrollado (Unión Europea, EUA y Canadá) es de 5% en promedio (ChatGPT 2025). En nuestro caso serían unos 900 mil estudiantes, como mucho. El exceso de 500 mil jóvenes tensiona al sistema, multiplica la oferta de profesionales y genera un número creciente de potenciales desempleados, muchos de ellos endeudados.

Este desequilibrio proviene de programas de buenas intenciones: “universidad para todos”. Financiados mayoritariamente por el Estado mediante gratuidad estudiantil, convertido en “negocio” lucrativo y de bajo riesgo para empresas de educación. El resultado: 55 universidades (18 estatales y menos de la mitad en ranking de excelencia académica), más de 30 institutos profesionales y 50 centros de formación técnica. Una oferta sobredimensionada, con instituciones de desigual prestigio y calidad académica.

Aunque, el problema va más allá de lo cuantitativo.

Los estudios citados sacan a luz contradicciones. Por ejemplo, carreras universitarias como medicina y enfermería superan el 85 % de empleabilidad en el primer año de egreso. Sin embargo, aún hay déficit de médicos y enfermeras en centros de salud públicos. En contraste, periodismo, psicología y artes se ubican en tramos medios y bajos del ranking de empleabilidad, reflejando una sobreproducción de profesionales en sectores con menos demanda.

Cuando comenzó la masividad de estudiantes en educación superior, muchos aceptábamos la iniciativa con el razonamiento de que mientras más educada la población, hay más posibilidades de progreso para un país en desarrollo. Aunque la sospecha sobre la insuficiente empleabilidad, y consiguiente cesantía ilustrada, ha estado siempre presente.

Pensaba, sin embargo, que esta masa crítica ilustrada reclamaría su posición en la sociedad, no se conformaría con subempleo o cesantía pura y dura. Su presión movería favorablemente la aguja al desarrollo. Me equivoqué, el reclamo no ha venido por el desempleo, llegó por el endeudamiento del estudiante y su familia. Algo de esto estuvo presente en octubre de 2019. Existe, en mi opinión, una frustración latente por un futuro prometido y no alcanzado de toda una generación. Luego, la combinación de deuda con cesantía ilustrada puede ser socialmente explosiva.

¿Qué hacer?

Reconozcamos como válido el intento de atacar el financiamiento y deudas de estudiantes con modificaciones al Crédito con Aval de Estado (CAE) y su reemplazo por el proyecto de Financiamiento Público para la Educación Superior (FES). También la mayor fiscalización y exigencia de acreditación de instituciones, y mejoras en estándares de calidad en la educación terciaria.

Pero, aún falta reducir los elevados aranceles y la duración excesiva de carreras, redireccionar la oferta académica hacia necesidades reales del país (salud, educación, ciencia aplicada, tecnología, innovación sin descuidar las humanidad y ciencias sociales). Además de establecer cupos y puntajes estrictos de ingreso en carreras saturadas; fortalecer la educación técnico profesional y los vínculos universidad/empresa para asegurar empleabilidad; y desarrollar programas de reconversión laboral para egresados en áreas de baja demanda actual.

Volviendo a los astronautas: O resolvemos el problema o estalla la nave. No hay otra.

Chile necesita transformar el exceso de educación superior en un verdadero motor de desarrollo y no en una fábrica de frustraciones.

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