Formación en ETP: ¿Qué hay de nuevo?
Siempre que veo un titular de prensa sobre educación técnico profesional (ETP), no puedo evitar mis recuerdos de haber sido formado en esa modalidad de estudio, ni la tentación de seguir la lectura de la noticia para enterarme qué hay de nuevo. Mi evocación se remonta a los aprendizajes de dactilografía y taquigrafía, asignaturas propias de institutos comerciales, luego llamados liceos en reformas educacionales que, también, dieron origen a la proliferación de universidades privadas, institutos profesionales y centros de formación técnica (U, IP, CFT) en los años 80.
La dactilografía —abandonada la máquina de escribir a fines del siglo XX—, me ha servido para teclear con cierta habilidad las letras en el computador, empleando más de dos dedos. La taquigrafía es una técnica maravillosa de escribir tan de prisa como se habla, mediante signos y abreviaturas, que cayó en desuso como el dictado de la jefatura a la secretaria; aunque todavía me ayuda para memorizar ideas o párrafos de una lectura.
Pero, también adquirí conocimientos más perdurables como los de contabilidad, costos, presupuesto y otras técnicas financieras y de administración, útiles para la vida del trabajo. Aunque poco supe de literatura, historia o filosofía, por ser asignaturas de liceos humanistas más que de institutos comerciales. Con el tiempo perfeccioné los estudios financieros en universidades y de revote debí superar mis carencias humanistas con estudios en ciencias sociales, como muchos lo han hecho. Las exigencias del cargo, diría alguien.
Estos cambios son constatación de hechos en la educación técnico/profesional, como sucede en otros quehaceres de vida. Los avances, nuevos conocimientos y obsolescencia de otros no se detienen. Lo que antes fue útil dejó de serlo. Y, aunque aparezcan retrocesos en algún área del saber o del tiempo, no pasa con el conocimiento. ¿Qué sucede ahora?, ¿cuál es la noticia de cambios?, si lo que arrecia y permea todo es la Inteligencia Artificial Generativa (IAG), esa de programas y algoritmos de autoaprendizajes y tecnologías disruptivas. En un contexto de tamañas innovaciones, donde todo está concernido, podemos preguntar qué hay de nuevo en la formación, por ejemplo, de administradores, contadores auditores e ingenieros comerciales.
Frente a la pregunta de qué futuro tendrían las carreras de contabilidad y auditoría —hace algunas décadas—, había consenso que mientras se mantuvieran en áreas de control e información disfrutarían de larga vida. Se sostenía que mientras los directores y gestores de organizaciones y negocios se comportaran como lo hacían el control y la auditoría seguirían siendo insustituibles, así como la información financiera/contable continuaría siendo soporte de decisiones en organizaciones con o sin ánimo de ganancias. Las denominaciones en estas carreras podrían modificarse, incluso los contenidos de estudio, pero no sus fines.
Este pronóstico se ha cumplido para contadores y auditores. No se ve que se modifique la finalidad de control e información y, más bien, persiste el interés en diferenciar uno y otro centro de educación mediante sellos distintivos o preferencias en lo tributario, los sistemas o el control de gestión; pero, manteniendo el eje de información y control financiero; incluso, ampliando su radio hacia materias no financieras de empresas y negocios.
En cuanto a nombres y denominaciones de estas carreras se ha optado por innovar —como era imaginable— yendo por lo de ingeniería, control de gestión y similares; aunque me parece más una cuestión de marketing que de actualización verdadera, acorde con la realidad de cambios políticos, sociales y tecnológicos de estos tiempos. Asunto previsible, en todo caso.
Donde, sin duda, hay rezago es en la actualización de programas y sus contenidos, también en las metodologías de enseñanza. No basta con agregar más horas de inglés o modificar nombres de las asignaturas. El afán de formar profesionales para puestos de trabajo y actividades que ya no existen, debe parar. ¿Para qué continuar con la transmisión de contenidos que en corto tiempo quedan obsoletos? o ilusionar a jóvenes en universidades con títulos para puestos de trabajo en extinción. Ni que decir de la excesiva duración de carreras de cinco años o más, pudiendo reducirse a tres y proseguir con educación continua hasta la fecha de pensión.
No hace mucho la computación produjo un quiebre en la familia contable. Le quitó la visera, manguilla y estuche de lápices en el bolsillo de la camisa a los contadores. Los llevó de los registros manuales y procesos de datos a la producción y análisis de información. Por qué seguir ahora con los bits (unidad binaria en la computación clásica), si entramos a la era de los cubits (unidad básica de información en la computación cuántica) y algoritmos de autoaprendizaje. ¿No hace rato que hablamos de inteligencia artificial en los sistemas?
Luego, la pregunta ya no es sí tendremos computación cuántica, sino cuándo. Cuándo es el “día Q”. Este, será un nuevo quiebre, en la formación de técnicos y profesionales de contabilidad y auditoría, como en la de muchas profesiones y oficios. Y.N. Harari, como otros autores ocupados de estos temas, entrega luces sobre cambios tecnológicos, formas de trabajo y mundo futuro, en sus conferencias y varias publicaciones.
Volviendo al punto: qué pasa, entonces, con la enseñanza tradicional de la contabilidad, si hoy los sistemas contables funcionan en máquinas “inteligentes”. Por ejemplo, en supermercados, bancos y tiendas de todo tipo; y, en muchos casos, sin operador humano. ¿Tiene sentido seguir insistiendo en la entrega de contenidos si estos son cambiantes? Más no sea para informar que existen estándares financieros universales incorporados al diseño de los sistemas (IFRS/NIIF). Por qué no enfatizar en la entrega de herramientas metodológicas, el aprender a aprender, el pensamiento crítico, la práctica de habilidades blandas, dado que lo técnico debe reaprenderse todos los días.
Peor aún, qué sucede con los contenidos tradicional de costos, presupuestos y en general finanzas u otras asignaturas de tiza y pizarrón, si el robot hace la “pega” en la fábrica u oficina ¿Se puede, o mejor dicho se debe, seguir enseñando lo mismo? Es erróneo pensar que los puestos de trabajo son inmutables, lo mismo que las empresas. Ni antes ni ahora lo han sido. Todo vence, cambia y debe reinventarse algo nuevo o al menos subirnos al carro.
A estos ejemplos de innovaciones necesarias, se pueden agregar muchos otros en el campo de la organización de las empresas, el manejo de las finanzas y de la vida cotidiana. Ni que hablar de las instrucciones de voz que damos al televisor para que cambie de canal o al cajero para que nos entregue dinero, ni de los anteojos que traducen en simultaneo y al oído lo que nos dice un interlocutor en otro idioma (Ray-Ban META).
En fin, respecto de economía y empresas, es necesario revisar teorías sobre globalización, libre mercado, reindustrialización y ética. Sobre todo, ante el reciente “tirón de mantel en la meza del Norte” que puso en jaque no solo el modelo económico y de comercio internacional, sino también la estabilidad global de las naciones.
Aunque las noticias de prensa que motivan esta nota son buenas, pues indican que hay concursos para “reconocimiento de profe ETP”; que hay “convocatorias de mentorías para talentos STEM”; que se “avanzan estrategias para fortalecer la articulación entre enseñanza media y educación superior técnico/profesional”, la pregunta es si esto es suficiente. O, estamos en un tiempo donde habrá que repetir el dicho de estudiosos del universo:
¡ Nada nuevo bajo el Sol !



