El número que jerarquiza, el CI
Una de las obsesiones del hombre contemporáneo, que como todo tiene raíces en la antigüedad, es la manía de medir lo que hacemos, lo que vemos y lo que no hacemos ni vemos, incluso lo que somos o creemos ser.
Medimos distancias, el tiempo, la presión corporal y un cuanto hay útil o también inútil. Hay textos que nos dicen cuanta lechuga comemos en un año, el tamaño del pie para el calzado, la distancia a la luna, los cabellos en la cabeza. Otros, nos dicen si somos adinerados, de sector medio o desposeídos, con percentiles y todo. Y siempre, buscando una métrica local o universal, encontramos o inventamos la que resume en un número lo que deseamos saber.
Allí están los indicadores financieros para medir la marcha de los negocios, el velocímetro del automóvil para medir tiempo y distancia, el termómetro para la temperatura. Ni que hablar de indicadores más macro como el de Gini que mide pobreza, el IPC que mide costo de vida o el de natalidad humana que mide nacimientos por año.
Entre todos ellos, hay un indicador que lleva poco más de un siglo de uso ¡oh, sorpresa!, del que no escapa ser humano alguno: el coeficiente intelectual o famoso CI, jerarquizando personas.
¿Te has preguntado cuál es tu CI? ¿Una, dos o más veces y por qué?
Bueno —no te incomodes si han sido muchas—. La insistencia es por la curiosidad o necesidad que nos lleva a querer saber en qué lugar del ranking clasificamos y compararnos con nuestros cercanos y competidores (en el deporte, el trabajo, los amores). Soy más rápido, más eficiente, más conquistador. Un CI elevado afirma la autoestima, uno medio puede dar satisfacción y uno bajo afecta el ego y manda al psicólogo para diagnóstico. O, al psiquiatra para receta de pastillas luego de un programa de diez sesiones de conversa y confesiones. Pero, el CI no se te mueve. Lo que puede mejorarlo es la curiosidad, el deseo de siempre aplicar lo que se aprende.
Sin entrar a profundidades cognitivas, hay consenso entre autores y textos —los Chatbot lo repiten—, que la cuestión del CI es cosa de inteligencia no de intelecto. Lo que miden los test de CI, en términos generales, tiene que ver con lo práctico, la capacidad para actuar, responder, solucionar cosas; y, no necesariamente con el razonamiento puro, ni el saber cultural o científico. Se puede ser inteligente sin ser letrado, nuestros antepasados lo fueron. O bien, ser manualmente torpe, pero de elevado raciocinio. Aunque ambas propiedades son de una misma familia: facultades cerebrales del ser humano.
Incluso los test profesionales de orden psicológico de medición de CI, de mayor connotación (como el de WAIS, Wisc, Raven o Stanford-Binet), están más orientados a medir inteligencia que intelecto, en una escala más o menos universal. Si la base es cien, imitando la escala de inteligencia de Wechsler, el rango de CI entre 85 y 115 puntos estaría en el tramo promedio, bajo 85 mostraría pobres capacidades y sobre 115 reflejaría elevadas competencias. Y ¡ah! no confundirse con los test sobre seudo CI de la prensa, en redes sociales o de amistades: son de entretención, no miden nada.
A Stephen Hawking se le atribuye un CI cercano a 160, una cifra que lo ubica en el extremo derecho de la Campana de Gauss, en el selectísimo grupo del 0,1 % de la población mundial. Vecino sería Albert Einstein, aunque se dice que nunca rindió un test formal. También tendrían rangos superiores de CI estrellas de cine, como Marilyn Monroe o Brigitte Bardot, que han descollado por sus talentos en el Séptimo Arte, aunque hayan sido motejadas de “tontas” en revistas de vanidades. En verdad, existen personas con CI alto que fracasan en lo laboral, social o emocional. Otras, con puntuaciones modestas destacan por liderazgo, creatividad o resiliencia.
Quizá no estuvo en el pensamiento del psicólogo Alfred Binet y el médico Theodore Simon —creadores de pruebas para identificar niños que necesitaban apoyo educativo adicional, a fines del siglo XIX en Francia—, imaginar que sus test pasarían a medir el coeficiente intelectual de jóvenes y adultos. Y, de herramientas empíricas de evaluación cognitiva, convertirse en unidad de medida universal de CI de hombres y mujeres.
En poco más de un siglo de mediciones de CI, la psicología ha progresado y con ello las aplicaciones de estos test y pruebas. La neurociencia, por su parte, nos ha traído novedades en materias cognitivas y por tanto de inteligencia e intelecto. Sabemos que el ser humano posee inteligencia racional y también emocional. Que nuestras neuronas y sinapsis no son funciones exclusivas del cerebro, sino también del corazón y de la “guata”. Que las letras no están un peldaño más abajo que las matemáticas en el saber y hacer. Luego, la métrica del CI ha evolucionado.
Con las lecturas veraniegas, efectuadas para satisfacer mi curiosidad y preparar esta breve nota, aprendí que el CI no debe entenderse como un número fijo. Puede mejorar, deteriorarse o transformarse con el aprendizaje, el entorno y la experiencia. Que es un error confundir el índice con el todo de la persona. Que los test, controles y pruebas aportan información útil pero no son infalibles. Y. N. Hararí, que no es psicólogo, aporta desde la historia y la filosofía. Dice que el CI mide habilidades que fueron útiles en el siglo XX, pero que el futuro valora más el aprendizaje continuo, la flexibilidad mental y la capacidad de reinventarse, así como la inteligencia sin ética puede ser peligrosa.
Con tales argumentos, pareciera que estamos frente al CI como herramienta del pasado, frente a un presente y futuro de inteligencias múltiples y sistemas artificiales en curso.
Como en todo, o casi todo, el CI tiene promotores y detractores. Es panacea para saber de la inteligencia de otros, o bien es considerado un número de élite que rankea a las personas pero que nunca midió lo que más influye en la vida: cambiar de opinión. En medio, los moderados lo aceptan como un índice de referencia acerca de quién está enfrente.
Quizá con esto de la Inteligencia Artificial y algoritmos circulando por todas partes, la pregunta sea no quién es más inteligente, sino quién controla los sistemas inteligentes.
Aunque antes, me gustaría saber —la curiosidad me sigue— cuál es el CI de unos cuantos “notables” de la plaza…



